La Otra Muerte

Los hombres de batas blancas se quitaron las mascarillas asépticas. Él los veía borrosos, como flotando en el aire, o como en una escena submarina. Los ruidos eran cóncavos. Las voces desprendían extraños ecos que vibraban un momento en el aire y desaparecían raudos como peces.

 – Ya no hay más qué hacer -dijo uno, arrojando sus guantes de goma-. ¡Está muerto!

Se encontraba tendido en una mesa de operaciones, con los ojos enormemente abiertos e inmóviles, sin poder mover ni un dedo, y al oír aquella frase se estremeció.

– Desnúdenlo y llévenlo a la morgue, para abrirlo mañana y ver qué sucede en el cerebro.

– ¿Por qué dicen eso? ¡Les aseguro que estoy vivo, con mil rayos!

Pero nadie lo escuchaba. No podía moverse. Tenía los ojos abiertos, abiertos, terriblemente inmóviles.

– Es peligroso llevarlo a la morgue, pues el monstruo puede hacer de las suyas – agregó otro-.

 -¿El monstruo? ¿Qué monstruo?

– ¿No lo sabe? ¡Qué atrasado está de noticias, colega!

– ¿Por qué?

– ¡Por el monstruo, hombre! Desde hace varios días, los cadáveres amanecen sin ojos, porque el monstruo se los arranca…

– O se los come -terminó el camillero, haciendo un gesto de engullir.

El hombre tendido en la mesa de operaciones sintió como si le cayera una pared en el pecho.

– ¿De qué están hablando? ¡Qué monstruo ni qué ocho cuartos! Sáquenme de aquí, o soy capaz de… ¡Oh, Dios mío, no puedo moverme! -Y comenzó a gemir, a gemir como un niño con hambre o como un gatito abandonado, pero sus gemidos no eran escuchados y los ojos continuaban abiertos e inmóviles. Lo desnudaron, lo pusieron sobre una camilla con ruedas y lo cubrieron con una sábana amarillenta.

– ¡Vamos! Llévenlo a la morgue, pero tengan cuidado.

Sintió que alguien empujaba la camilla, y luego el frío de la noche al atravesar el patio.

– Eh, ¿qué hace usted? ¡Regrese, con mil demonios! ¡Regrese, desgraciado!

Minutos después la camilla se detuvo. Escuchó el chirriar de una cerradura, y el ruido que hacía una puerta metálica al abrirse. La camilla avanzó por un pasillo en tinieblas. Se abrió el candado de otra puerta y entraron en una sala que derramó un fuerte olor a cadaverina y a formol. Encendieron la luz. Había doce cuerpos sobre otras tantas planchas de mármol que atravesaban el centro de la sala de pared a pared. La última, a la izquierda, estaba vacía. Entre los cadáveres se encontraba el de un hombre gordo y calvo, con las uñas lívidas y algodones en la nariz; el de una mujer joven, con los labios horriblemente pintados, las pestañas rizadas y una gran herida en la garganta; y el de un anciano de raza negra, largo y flaco como un faquir, la boca abierta y tres moscas reunidas en la comisura izquierda de los labios. Era un espectáculo repugnante, pero el camillero, acostumbrado a entrar y salir de ese lugar, agarró el hombre que llevaba y lo dejó caer pesadamente en la plancha de mármol que estaba disponible.

– ¡Cuidado, idiota! -gritó con el alma empavorecida. Pero el grito fue pensamiento. Luchaba desesperadamente por moverse, mas la paralización seguía, y lo iban a dejar entre los muertos, con los ojos abiertos e inmóviles.

El camillero apagó la luz y salió, cerrando con candado y llave ambas puertas, respectivamente. Y él quedó solo en medio de doce cadáveres, presa de la congoja más indescriptible. ¿Qué iba a suceder? Por la ventanilla se colaba una tenue luz. Transcurrieron dos horas, que en aquella dimensión de sufrimiento fueron como dos siglos. El hombre siguió luchando, luchando por moverse, poniendo en acción todos los recursos de su espíritu, hasta que creyó mover un dedo.

– Sí, sí, lo he movido… sigamos…

Transcurrió media hora más. De repente escuchó una especie de silbido, como el que haría una pelota de hule al desinflarse. Era el cadáver del hombre gordo y calvo que, como consecuencia de la dilatación gaseosa, se irguió, estuvo un rato sentado y volvió a caer lentamente. Fue tal la impresión, que el hombre comenzó a respirar y sudar, aunque sin moverse. Luego sucedió lo peor: alguien limaba las armellas del candado, allá en la puerta. Era un ruido muy fino, que se filtraba por sus oídos como una aguja.

– ¿Quién será?

Se acordó de lo que habían dicho acerca del monstruo, y la desesperación invadió su alma como una marea incontenible. El ruido cesó, la puerta empezó a abrirse y adivinó la presencia de un ser que jadeaba. Una sombra avanzó, arrastrándose. Ahora el jadeo se hizo más cercano.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! – suplicaba el viviente de la plancha número trece. El bulto, o lo que fuera, comenzó a moverse. Llegó ante él, y fue entonces cuando lo vio: como en el Libro de Job, sintió que se le “erizaba el pelo de su carne”. Pasó una mirada salvaje sobre sus ojos inmóviles, tal la sombra de unas alas siniestras sobre un lago dormido. ¿Dormido? El encuentro fue cruel y perversamente real, indudable y amenazador. ¡Oh, sí estuviera soñando! ¡Si todo aquello no fuera más que la proyección de un estado inconsciente! ¿Qué son las pesadillas, sino fragmentos carbonizados de la realidad? Pero no, no, él estaba allí, sin moverse, y el diabólico intruso lo miraba como quien observa algo largamente anhelado; una risa de idiota, una horrenda risa de bruto vertebrado encendíale el gesto como una llama voraz. El hombre que lo veía sin poder moverse encogió su alma y su aliento, haciéndolos pequeñitos, ovillándolos y deseó ardientemente estar muerto para no sufrir más aquella aparición.

La sombra se alejó unos pasos, y viendo el cuerpo de la mujer se abalanzó sobre él y comenzó a succionarle los ojos, a chupárselos, como si fueran limones o caracoles. Separó los párpados con sus labios, e inhaló fuertemente con un gruñido de satisfacción, arrancando los globos oculares, la esclerótica, las membranas gelatinosas y frías de aquel desposo que quedó allí mutilado, con dos cavernas sanguinolentas en la cara.

El intruso se pasó el brazo por la boca y continuó con otro cadáver, y con otro. Uno por uno, los restos humanos iban siendo despojados de sus ojos, que engullía un ser espeluznante. Ya había devorado doce, y el hombre paralizado advirtió que se le acercaba, chorreando materias viscosas, jadeando, con una satánica alegría. Ya se inclinaba hacia él, ya sus ojos serían succionados. Entonces, con todas las fuerzas de su alma rompió las últimas ligaduras que lo ataban a la parálisis, y en un choque contra el terror y el asco gritó, gritó como nadie ha gritado jamás, y el grito sacudió la noche, desgarró de arriba  abajo el velo de los sueños, atravesó el silencio como un puñal enfurecido: fue un AAY que parecía venir del fondo de los siglos, de épocas anteriores al lenguaje articulado, y los veladores corrieron y todo el mundo se puso en movimiento. El monstruo, herido por aquella descarga súbita, salió aullando de la morgue. Luego se escucharon varias detonaciones, y el ruido de un cuerpo al caer.

Acudieron a ver quién había gritado, y el hombre, pálido y tembloroso, se levantó, por fin, con toda su fuerza de ser vivo.

El llanto salía de su rostro como la lava de un volcán.

El pavoroso incidente produjo un escándalo que trajo como consecuencia la destitución en masa del personal médico que intervino, y del director del hospital. El hombre había sufrido  por la mañana una conmoción cerebral, y sobrevino la muerte aparente, con abolición temporal de las facultades fisiológicas y respiratorias. Se había actuado con precipitación al declararlo fuera de este mundo. En cuanto al monstruo, quedó demostrado que se trataba de un loco fugado del manicomio. Un tiempo fue campeón de comedores de ostras en los bancos del Caribe, pero las drogas lo convirtieron en un criminal, sumiendo su cerebro en los abismos teratológicos del delirio.

La víctima pasó mucho tiempo en un sanatorio estabilizando el sistema nervioso, y puso todo su empeño en cultivar el olvido. Olvidar fue en él, más que un consejo médico, la base de su bienestar y el secreto de su salud. Además, estaba convencido de que la verdadera muerte, la legítima, es un juego de niños, un aspirar las rosas, un contemplar la sonrisa de los ángeles.

Después se casó y llevó su primer hijo al Registro Civil. Cuando el juez le preguntó qué nombre le pondría contestó:

– Se llamará Lázaro, como yo.

Y todos rieron la ocurrencia, pues su nombre era Filiberto.

– Alfredo Cardona Peña, Cuentos de Magia, de Misterio y de Horror.

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